Una semana desde mi llegada a España tras casi 8 meses. Una
semana que me ha sabido agridulce. Volver a ver a la familia y las amistades
siempre es algo que alegra el corazón, ver que todo el mundo está bien, que la
gente sigue con su vida prácticamente igual que cuando me marché, apenas
algunos cambios insignificantes.
Para siempre quedarán en mi recuerdo todos y cada uno de los
momentos vividos en Alemania, un antes y un después en mi vida, un país que
marcará en mi vida una forma diferente de hacer las cosas, una forma diferente
de pensar y de sentir.
La primera noche a mi regreso, me quedé abrumado de la
cantidad de cosas que tenía en casa, entre ellas ropa que no me ponía desde
hacía ya no solo los mese que llevaba fuera, si no mucho más atrás. Así que en
un ataque de locura desenfrenada e impulsiva me puse a hacer una limpieza sin
escrúpulos y llené 4 bolsas enormes con ropa y calzado que no usaba desde hacía
mucho tiempo.
Llevo una semana deshaciéndome de todo aquello que no he
necesitado en 8 meses, lo cual quiere decir que no necesitaré prácticamente
nunca. Se acabó el guardar cosas y almacenar. Hay mucha gente mil veces más
necesitada que yo que seguramente le vendrá muy bien todo de lo que no quiero
ni necesito. Allí me acostumbré a vivir con 4 cosas y pretendo seguir así.
Doy un tijeretazo radical al consumismo y a comprar sin necesidad, se acabó. 8
meses sin ver la tv me han ayudado a desintoxicarme de toda la mierda que
llevaba encima, nada va a cambiar si se o no se tal o cual noticia, lo único
que va a conseguir es hacerme más infeliz y me niego. Se acabó.
Extrañaré a muchas personas, pero entre todas ellas siempre destacará esa alemana de
tirabuzones dorados y mirada turquesa que me ha arrebatado el corazón, Sofia.
Esa diminuta personita de 2 añitos y medio que me esperaba el último día que
iba a visitarla a ella y sus padres con dos dibujos como regalo de Navidad.

Uy uy uy... una foto del toro fascista... cojones ya!
ResponderSuprimirCarlos Drummond de Andrade. Pasaje del año
ResponderSuprimirEl último día del año
no es el último día del tiempo.
Otros días vendrán
y nuevos muslos y vientres te comunicarán el calor de la vida.
Besarás bocas, rasgarás papeles,
harás viajes y tantas celebraciones
de aniversario, graduación, promoción, gloria,
dulce muerte con sinfonía y coral,
que el tiempo quedará repleto y no oirás el clamor,
los irreparables aullidos
del lobo, en la soledad.
El último día del tiempo
no es el último día de todo.
Queda siempre una franja de vida
donde se sientan dos hombres.
Un hombre y su contrario,
una mujer y su pie,
un cuerpo y su memoria,
un ojo y su brillo,
una voz y su eco,
y quien sabe si hasta Dios…
Recibe con simplicidad este presente del acaso.
Mereciste vivir un año más.
Desearías vivir siempre y agotar la borra de los siglos.
Tu padre murió, tu abuelo también.
En ti mismo mucha cosa ya expiró, otras acechan la muerte,
pero estás vivo. Una vez más estás vivo.
Y con la copa en la mano
esperas amanecer.
El recurso de embriagarse.
El recurso de la danza y del grito,
el recurso de la pelota de colores,
el recurso de Kant y de la poesía,
todos ellos… y ninguno resuelve nada.
Surge la mañana de un nuevo año.
Las cosas están limpias, ordenadas.
El cuerpo gastado se renueva en espuma.
Todos los sentidos alerta funcionan.
La boca está comiendo vida.
La boca está atascada de vida.
La vida escurre de la boca,
mancha las manos, la vereda.
La vida es gorda, oleosa, mortal, subrepticia.